Patrimonio Seguro: PAN acelera reformas contra despojo

La iniciativa que el PAN capitalino llevó al Congreso de la Ciudad de México no es solo una respuesta política a la ola de despojos que domina la agenda pública; es un intento de mover el combate al delito desde el final del proceso hacia su origen documental y registral. La apuesta es relevante porque identifica un problema estructural: en la capital, la ocupación ilícita no siempre termina en una toma violenta visible, sino que puede consolidarse después mediante trámites, pagos, certificaciones y operaciones que aparentan legalidad. En ese terreno, el tiempo ha funcionado con frecuencia como un aliado del invasor y no de la víctima.

La propuesta de “Patrimonio Seguro” plantea reformas al Código Civil, al Código Fiscal, a la Ley del Notariado y a la ley que regula los servicios inmobiliarios. En términos prácticos, busca cerrar cuatro rutas que hoy permiten que una posesión irregular se disfrace de derecho: la prescripción por el simple paso del tiempo, la falsa equivalencia entre pagar predial y ser propietario, la debilidad de los controles notariales y la opacidad con la que operan algunas intermediaciones inmobiliarias. Esa combinación revela algo más profundo que una disputa partidista: el despojo ya no puede entenderse solo como invasión de inmueble, sino como una cadena de validaciones institucionales que, si no se corrigen, convierten una ocupación ilícita en un expediente con apariencia de normalidad.

Ahí está el primer punto de fondo. El PAN está desplazando la discusión desde la sanción penal hacia la prevención registral y notarial. Eso puede parecer una obviedad, pero en realidad corrige un sesgo de política pública que ha dominado durante años: se castiga con más severidad cuando el daño ya ocurrió, pero se deja intacto el ecosistema que permite que el fraude avance. La administración de Clara Brugada elevó las penas hasta 11 años de prisión y, con agravantes, hasta 23; sin embargo, la estadística citada por el propio diputado Mario Enrique Sánchez Flores deja ver el límite de esa estrategia. Si entre enero de 2020 y abril de 2026 hubo 25 mil 18 carpetas por despojo y apenas alrededor de 1% fue judicializado, el problema no es únicamente de castigo insuficiente, sino de baja capacidad para convertir denuncias en procesos sólidos y recuperar inmuebles a tiempo.

Ese desfase tiene consecuencias directas para propietarios, adultos mayores, herederos y familias que no tienen liquidez para litigar durante años. También afecta al mercado inmobiliario formal, porque cada episodio de despojo erosiona la confianza en la documentación que sostiene las transacciones. Cuando una cuenta catastral, un comprobante predial o una gestión fiscal empiezan a circular socialmente como “prueba” de dominio, el valor de la escritura y del registro se deprecia en la práctica. El costo no lo absorbe solo la víctima individual: lo terminan pagando notarios, corredores, desarrolladores y compradores que necesitan certidumbre jurídica para cerrar operaciones sin contingencias. En una ciudad donde el suelo es escaso y la presión inmobiliaria es alta, esa inseguridad se vuelve un impuesto invisible sobre toda la cadena de valor.

El segundo punto de lectura es más incómodo para todos los actores. La iniciativa panista también funciona como una interpelación a las fallas internas de las instituciones encargadas de dar fe y certidumbre. La “diligencia reforzada” que propone para notarios no es un detalle técnico; es una señal de que las verificaciones hoy son insuficientes o se aplican de forma desigual. Si una operación con identidades dudosas, poderes apócrifos, pagos rastreables de manera deficiente o antecedentes registrales inconsistentes puede avanzar, entonces el problema ya no está en el papel sino en la calidad del control. Para el sector notarial, esto supone más carga de revisión, mayores costos operativos y mayor exposición a sanciones; para el mercado inmobiliario, implica profesionalizar prácticas que en algunos casos han funcionado con niveles de informalidad tolerados por años.

También hay una lectura política inevitable. El PAN llega tarde a una discusión que la propia alcaldía Benito Juárez, gobernada por ese partido, volvió especialmente visible por dos casos que escalaron a medios y a protestas vecinales. El episodio de Cerrada de Matías Romero 18, con bloqueos y posteriormente aseguramiento del inmueble y vinculación a proceso de las presuntas responsables, mostró la presión social que acompaña estos delitos. El caso del inmueble de la artista Adriana González Camarena reforzó el peso simbólico del fenómeno: cuando el despojo toca patrimonios familiares de alto valor histórico y cultural, el debate deja de ser patrimonial y se vuelve público. El PAN intenta convertir esa exposición en agenda legislativa, pero también carga con la contradicción de explicar por qué una parte del problema se incubó en territorios bajo su propia gestión política.

La disputa de fondo no es entre endurecer o no endurecer penas, sino entre dos modelos de respuesta. El primero es reactivo: espera la denuncia, acredita el delito y castiga después de la pérdida. El segundo intenta impedir que el inmueble entre en una zona gris donde el despojador logra fabricar pruebas de estabilidad con base en trámites, omisiones o demoras. La evidencia disponible sugiere que el segundo modelo es más prometedor, aunque exige coordinación real entre fiscalía, catastro, notarías, juzgados y sector inmobiliario. Sin esa sincronía, cualquier reforma corre el riesgo de quedarse en una declaración de intención bien diseñada pero mal ejecutada.

En el corto plazo, lo más probable es que la iniciativa abra una negociación áspera en el Congreso capitalino. El gobierno de Brugada difícilmente aceptará sin matices una narrativa que presenta su política actual como insuficiente, pero tampoco puede ignorar que la judicialización mínima y la reincidencia de casos mantienen el tema abierto. Si la propuesta prospera, el verdadero reto no será aprobarla, sino convertirla en protocolos medibles: cruces de información más rápidos, trazabilidad de pagos, alertas ante operaciones atípicas y criterios uniformes para notarías e inmobiliarias. Sin eso, la reforma solo moverá el problema de lugar.

El riesgo más serio es que el combate al despojo termine fragmentado entre más castigo, más trámites y más retórica. Eso puede generar una falsa sensación de avance mientras los mecanismos de ocupación ilícita se adaptan con rapidez. Si el sistema no mejora su capacidad de investigación y restitución, los despojadores seguirán buscando las zonas de menor fricción: identidades prestadas, poderes simulados, herencias en disputa, propiedades abandonadas y expedientes lentos. La oportunidad, para autoridades y legisladores, está en asumir que la propiedad no se protege solo con penas altas ni con comunicados, sino con instituciones que lleguen antes de que el fraude consiga parecer legal.

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