PFAS en Nueva York: la batalla por descontaminar décadas de silencio

La demanda presentada por la fiscal general Letitia James contra 3M, DuPont, Chemours, Corteva y EIDP marca un punto de inflexión en la responsabilidad corporativa sobre las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas. Estas compañías comercializaron durante más de ochenta años compuestos que persisten indefinidamente en el ambiente y en los tejidos humanos, a pesar de contar con evidencia interna sobre sus efectos tóxicos.

La acción judicial exige que las empresas financien la limpieza de sitios contaminados, adviertan adecuadamente a los consumidores y compensen los daños causados a la salud pública y al medio ambiente del estado. Reuters y Associated Press reportaron que James acusa a las firmas de ocultar información clave mientras continuaban vendiendo productos que contenían PFAS en utensilios de cocina, textiles, cosméticos y espumas contra incendios.

Cuatro momentos que definieron el litigio actual

El primer ancla temporal se ubica en la década de 1940, cuando las empresas desarrollaron estos compuestos por sus propiedades antiadherentes y resistentes al agua. Durante décadas, documentos internos revelaron que las compañías conocían la bioacumulación y la resistencia a la degradación, sin embargo optaron por mantener esa información reservada.

El segundo punto de giro ocurrió entre 2017 y 2023, cuando DuPont, Chemours y Corteva acordaron pagos superiores a 2.000 millones de dólares con Nueva Jersey, y 3M aceptó desembolsar hasta 450 millones durante 25 años por contaminación de agua potable. Estos acuerdos previos demostraron que las empresas estaban dispuestas a llegar a resoluciones financieras sin admitir responsabilidad total.

El tercer momento clave llegó en mayo de 2025, cuando la Agencia de Protección Ambiental anunció la reversión parcial de límites establecidos por la administración anterior para PFAS en agua potable. Esta decisión regulatoria debilitó temporalmente la presión federal y generó un vacío que la fiscalía estatal de Nueva York busca llenar ahora con su propia demanda.

El cuarto ancla es el acuerdo de Chemours por 450 millones de dólares con el gobierno federal en junio de 2026, criticado por el gobernador de Carolina del Norte y su fiscal general por considerarlo insuficiente para proteger a comunidades afectadas.

El verdadero costo para la industria química

Las empresas enfrentan ahora un escenario donde los pasivos ambientales ya no pueden externalizarse indefinidamente. Cada acuerdo previo ha establecido precedentes que elevan el estándar de prueba requerido en futuros litigios. La industria debe reconsiderar no solo sus líneas de productos, sino también la estructura misma de sus escisiones corporativas, ya que los tribunales comienzan a perforar las separaciones entre DuPont, Chemours y EIDP para asignar responsabilidad histórica.

Los fabricantes de bienes de consumo que incorporan PFAS en sus cadenas de suministro también se ven afectados. Empresas de ropa técnica, utensilios de cocina y cosméticos enfrentan la necesidad de reformular productos o asumir riesgos de demandas colectivas similares a las que ahora enfrenta el sector químico primario.

Perspectivas enfrentadas entre actores clave

Desde la óptica de las compañías demandadas, los acuerdos previos representan un esfuerzo de buena fe para resolver reclamos sin litigar indefinidamente. Sin embargo, los grupos ambientalistas argumentan que estos pactos han sido insuficientes y que las empresas continúan beneficiándose de la venta de productos de reemplazo que mantienen estructuras químicas similares.

Los reguladores estatales, por su parte, ven en la demanda de Nueva York una herramienta para presionar a la administración federal hacia estándares más estrictos. Los residentes de comunidades cercanas a plantas históricas de producción, en cambio, exigen que los fondos se destinen directamente a monitoreo de salud y remediación de agua potable, en lugar de quedar atrapados en negociaciones prolongadas.

Riesgos emergentes y trayectorias probables

Una de las principales amenazas radica en la posible fragmentación regulatoria entre estados. Si Nueva York logra establecer un precedente favorable, otros estados con fuerte presencia industrial podrían replicar el modelo, generando un mosaico de exigencias que incrementa los costos de cumplimiento para las empresas que operan a nivel nacional.

Otro riesgo consiste en la erosión de la confianza del consumidor. A medida que la información sobre PFAS se difunde a través de medios y litigios, crece la probabilidad de que productos que aún contienen estas sustancias pierdan participación de mercado, incluso antes de que se promulguen prohibiciones formales.

En el mediano plazo, es previsible que las empresas aceleren la transición hacia alternativas sin flúor, aunque la efectividad y el costo de estas sustituciones aún no han sido validados a escala industrial. La presión judicial puede también impulsar mayor transparencia en las cadenas de suministro, obligando a los fabricantes a rastrear el origen de cada componente que incorporan.

El caso de Nueva York establece además un precedente sobre la responsabilidad de las corporaciones por el conocimiento científico acumulado internamente. Las empresas ya no podrán alegar ignorancia cuando documentos históricos demuestren que evaluaron riesgos décadas atrás. Esta evolución en la interpretación legal podría extenderse a otros contaminantes persistentes que aún se comercializan sin restricciones claras.

Artículos relacionados

Últimos artículos