El consumo de gas natural en México aumentará 21 por ciento hacia 2030, de acuerdo con las propias proyecciones del Gobierno federal, que también anticipan un crecimiento de las importaciones necesarias para atender la demanda. El incremento ocurriría pese a los señalamientos de la Presidenta Claudia Sheinbaum sobre una eventual reducción de la dependencia del combustible, y se produciría en un contexto marcado por la falta de nuevos proyectos de producción y de infraestructura de almacenamiento.
Las estimaciones oficiales plantean así una trayectoria distinta a la presentada en el discurso público. En lugar de disminuir en los próximos años, la demanda seguiría expandiéndose, impulsada principalmente por las necesidades del sistema eléctrico y por el consumo de industrias y empresas que utilizan el gas natural como fuente de energía o como insumo para sus procesos.
La demanda mantiene una tendencia ascendente
El gas natural ocupa un lugar central en la operación energética del País. Las centrales de ciclo combinado, que utilizan este combustible para generar electricidad, representan una parte relevante de la capacidad instalada y requieren suministros constantes para funcionar. Cuando la producción nacional resulta insuficiente, el sistema debe recurrir a compras externas, principalmente mediante ductos conectados con Estados Unidos.
La previsión de un aumento de 21 por ciento para 2030 significa que el crecimiento de la demanda no estaría acompañado, al menos con los proyectos actualmente identificados, por una expansión equivalente de la oferta nacional. Esa brecha puede traducirse en mayores importaciones y en una exposición más amplia a los precios, condiciones de transporte y disponibilidad del combustible en el mercado regional.

El escenario también revela una contradicción entre los objetivos de autosuficiencia energética y la estructura real del sistema. Aunque el Gobierno ha planteado fortalecer la producción interna y reducir la dependencia del exterior, las proyecciones oficiales consideran que el consumo continuará creciendo sin que exista una cartera suficiente de proyectos para cubrirlo con gas producido en México.
Importaciones y costos, bajo presión
El aumento de las compras externas no sólo tendría implicaciones para la balanza energética. De acuerdo con el diagnóstico referido, cubrir la demanda adicional tendría un mayor costo, debido a que el País tendría que adquirir más gas en el exterior y asumir los gastos asociados con su transporte y entrega a los centros de consumo.
El impacto final dependerá de factores como la evolución de los precios internacionales, el tipo de cambio y la capacidad disponible en los ductos. También influirá la concentración del suministro en un solo mercado de origen. Estados Unidos se ha convertido en el principal proveedor de gas natural de México, una relación que garantiza acceso a grandes volúmenes, pero que al mismo tiempo limita el margen de maniobra ante interrupciones, variaciones de precios o restricciones en la infraestructura fronteriza.
Para los usuarios industriales y para las empresas eléctricas, una mayor dependencia del gas importado puede elevar la incertidumbre sobre sus costos operativos. En el caso de la generación eléctrica, cualquier encarecimiento del combustible puede trasladarse al costo de producir energía, aunque su efecto sobre las tarifas dependerá de la regulación, de los contratos vigentes y de la forma en que se administre el sistema eléctrico.
El almacenamiento sigue siendo un punto débil
Uno de los principales riesgos señalados en las proyecciones es la insuficiencia de infraestructura de almacenamiento. A diferencia de otros países productores y consumidores, México cuenta con una capacidad limitada para guardar gas natural y utilizarlo cuando disminuye el suministro o aumenta la demanda.
La falta de almacenamiento reduce la capacidad de respuesta ante emergencias y obliga a mantener un flujo continuo por los ductos. Una interrupción en el suministro, una contingencia climática o una falla en la infraestructura puede afectar con rapidez a las centrales eléctricas y a las instalaciones industriales. Con una demanda en expansión, esa vulnerabilidad adquiere mayor relevancia, pues cualquier desbalance entre oferta y consumo tendría consecuencias más amplias.
El almacenamiento también cumple una función económica. Permite comprar gas en momentos de menor precio y disponer de él cuando el mercado se encarece, además de reducir la necesidad de contratar volúmenes urgentes. Sin instalaciones suficientes, el País pierde esa flexibilidad y queda más expuesto a las condiciones del mercado en tiempo real.
Producción nacional sin proyectos suficientes
Las proyecciones gubernamentales atribuyen parte del problema a la ausencia de proyectos de producción que permitan compensar el aumento previsto en el consumo. La exploración y extracción de gas natural enfrentan retos técnicos y financieros, mientras que el desarrollo de nuevos campos requiere inversiones de largo plazo, infraestructura de transporte y certidumbre regulatoria.
La situación es especialmente compleja porque el gas natural no se utiliza únicamente para atender la demanda actual. La expansión de la generación eléctrica, la instalación de nuevas industrias y el crecimiento de determinadas regiones pueden aumentar el consumo antes de que un proyecto de producción alcance su capacidad plena. Si la oferta interna no se desarrolla con anticipación, las importaciones funcionarán como el mecanismo inmediato para cerrar la brecha.
Esto no implica que el crecimiento del consumo sea inevitable en todos los escenarios. Una mayor eficiencia energética, el desarrollo de fuentes renovables, la modernización de las redes y una planeación más precisa de la generación podrían moderar la demanda de gas. Sin embargo, esas alternativas requieren inversiones, permisos y coordinación institucional, además de tiempo para sustituir o complementar la infraestructura existente.
Una decisión pendiente para la política energética
El contraste entre el discurso de menor dependencia y las previsiones de mayor consumo coloca al Gobierno ante una decisión estratégica. Reducir las importaciones exigiría acelerar la producción nacional y ampliar la capacidad de almacenamiento, mientras que limitar el uso del gas requeriría modificar la composición de la generación eléctrica y elevar la participación de otras fuentes.
Hasta ahora, el dato central de las proyecciones es que la demanda crecerá más rápido que la infraestructura disponible para atenderla de manera segura y económica. La diferencia entre los objetivos oficiales y la evolución prevista del mercado deberá resolverse con proyectos concretos, calendarios de inversión y una estrategia que considere tanto la confiabilidad del suministro como el costo para la economía.
Sin nuevos desarrollos de producción y almacenamiento, el aumento de 21 por ciento previsto para 2030 no sólo representará un mayor consumo de gas natural. También puede consolidar la dependencia de las importaciones y elevar la exposición del sistema energético mexicano a factores externos que el Gobierno no controla directamente.
