Moscú, 5 ago (EFE). Rusia evitó entrar técnicamente en recesión después de que su Producto Interior Bruto (PIB) creciera un 0,8 % en el segundo trimestre de 2026, según informó este miércoles el Banco Central ruso. El dato llega después de una contracción del 0,3 % entre enero y marzo y confirma una recuperación limitada, condicionada por la escasez de combustibles, la presión inflacionaria y el debilitamiento de la actividad productiva.
El crecimiento trimestral fue inferior en 0,1 puntos porcentuales a la previsión publicada por el organismo en abril. Para el tercer trimestre, el Banco de Rusia calcula que la economía avanzará otro 0,5 %, aunque sus indicadores más recientes apuntan a una pérdida de dinamismo desde el comienzo del verano.
Un repunte insuficiente para cambiar el escenario
La revisión de las perspectivas refleja esa cautela. El Banco Central redujo en 0,5 puntos porcentuales su pronóstico de crecimiento para 2026, hasta una horquilla situada entre el 0 % y el 1 %. La institución atribuyó el ajuste, entre otros factores, a una disminución temporal de la capacidad productiva en determinados sectores de la economía.
El organismo señaló que los datos disponibles indican una desaceleración de la actividad económica en julio. La advertencia coincide con una crisis de abastecimiento de combustible que las autoridades rusas vinculan a los ataques ucranianos contra infraestructuras petroleras. Las interrupciones han afectado a la distribución y han añadido presión sobre sectores dependientes del transporte y de los derivados del petróleo.

El Banco de Rusia espera una estabilización gradual del mercado de combustibles y una moderación del aumento de los precios al consumidor, incluso con la política monetaria vigente. El tipo de interés de referencia se mantiene en el 14 %, un nivel elevado que busca contener la inflación, pero que también encarece el crédito para empresas y hogares y puede limitar la inversión.
Inflación y combustible, dos focos de presión
Las autoridades económicas estimaron que la inflación se situará entre el 6 % y el 7 % hacia el cierre del segundo trimestre de 2026, después de acelerarse en junio y julio. La cifra supera la previsión anterior del 5,9 %, lo que complica el objetivo de normalizar las condiciones monetarias sin agravar la ralentización de la demanda.
La evolución de los precios será decisiva para determinar la trayectoria de los tipos de interés. Si la escasez de combustible se prolonga, el encarecimiento de la energía podría trasladarse a los costes logísticos, industriales y alimentarios. Por el contrario, una recuperación del suministro permitiría reducir parte de esa presión, aunque no resolvería por sí sola los problemas estructurales derivados de la falta de mano de obra, las restricciones comerciales y la dependencia del gasto público.
La industria depende cada vez más del Estado
El diario ruso Kommersant describió este miércoles una situación débil tanto para la demanda como para la producción manufacturera. Según el periódico, buena parte de la industria depende actualmente de encargos nacionales y, dadas las prioridades presupuestarias del país, una proporción significativa de esos pedidos está relacionada con la maquinaria y la producción militar.
Esta composición de la demanda permite sostener determinados segmentos industriales, pero ofrece un impulso desigual al conjunto de la economía. El gasto vinculado a la guerra puede mantener fábricas abiertas y preservar empleos en áreas concretas, aunque no necesariamente se traduce en un aumento equivalente del consumo privado, la productividad o la inversión civil. La concentración de recursos en la defensa también reduce el margen para financiar otros sectores y puede aumentar la vulnerabilidad ante una eventual disminución de los contratos estatales.
El Kremlin negó a mediados de julio que Rusia se encuentre sumida en una crisis económica, pese a la contracción registrada durante el primer trimestre. Sin embargo, el Gobierno ya había rebajado sus previsiones de crecimiento para el conjunto del año, del 1,3 % al 0,4 %. La diferencia entre el discurso político y los indicadores publicados refleja la tensión entre la necesidad de transmitir estabilidad y la evidencia de una economía que avanza con menor fuerza.
Déficit creciente y prioridad militar
Las cuentas públicas constituyen otro de los principales motivos de preocupación. El déficit presupuestario acumulado durante el primer semestre ascendió a 5,731 billones de rublos, equivalentes a unos 75.502 millones de dólares o 66.000 millones de euros. El resultado representa el 2,5 % del PIB y más del doble del déficit registrado en el mismo periodo del año anterior.
El desequilibrio fiscal limita la capacidad del Gobierno para responder simultáneamente a la inflación, las necesidades sociales, la inversión productiva y el esfuerzo bélico. Aunque el gasto público ha contribuido a sostener la actividad y ha amortiguado el impacto de la contracción inicial, su expansión también eleva las necesidades de financiación y puede intensificar las presiones sobre los precios.
Mientras las distintas autoridades económicas buscan corregir los problemas dentro de sus respectivas competencias, el Kremlin mantiene la prioridad del gasto militar. Tras más de cuatro años de guerra, el Gobierno ruso continúa además inflexible en sus exigencias de capitulación de Ucrania. Ese contexto condiciona las decisiones económicas y hace que la recuperación del segundo trimestre, pese a evitar dos trimestres consecutivos de caída, no suponga todavía una salida clara de las dificultades que enfrenta el país.
