UNAM cancela contrato y enfrenta una crisis de confianza

La terminación anticipada del contrato entre la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y Territorium Life, empresa responsable de aplicar el examen en línea para el ingreso a licenciatura, representa mucho más que el cierre de una relación comercial. La decisión ocurre después de que resultados considerados irregulares provocaron inconformidad entre aspirantes y colocaron bajo presión la legitimidad de uno de los procesos de selección más relevantes del país. La institución anunció tres auditorías, informó sobre cinco denuncias por presunto fraude y abrió la puerta a una sexta, pero todavía no ha ofrecido una explicación completa sobre el origen de las anomalías ni sobre el alcance de sus efectos.

El caso combina tres elementos especialmente sensibles: el acceso a la educación pública, el uso de sistemas tecnológicos para tomar decisiones de alto impacto y la administración de recursos universitarios. Cualquier falla en uno de esos ámbitos puede generar consecuencias que excedan a los aspirantes directamente afectados. Si la UNAM no logra reconstruir una secuencia verificable de lo ocurrido, el conflicto podría convertirse en un precedente para cuestionar la confiabilidad de futuras convocatorias, incluso cuando los procedimientos sean técnicamente distintos.

Una salida contractual que busca contener el daño

La cancelación anticipada puede leerse como una medida para reducir riesgos operativos inmediatos. Mantener a la misma empresa a cargo de nuevas evaluaciones, mientras se investiga un examen cuestionado, habría prolongado la desconfianza y creado posibles conflictos de interés. La entrega de las bases de datos a la Universidad y la revisión independiente del sistema pueden facilitar la preservación de evidencias, la reconstrucción de accesos y la identificación de patrones anómalos.

Sin embargo, terminar el contrato no resuelve por sí mismo las controversias. La institución deberá demostrar que cuenta con copias íntegras de los registros, bitácoras de conexión, reportes de alertas, protocolos de validación y evidencias que sustentaron la cancelación de exámenes. También tendrá que aclarar quién tenía acceso a cada conjunto de datos, cómo se protegió la información y bajo qué criterios se tomaron las decisiones. Sin esa trazabilidad, la auditoría podría producir conclusiones generales, pero no necesariamente respuestas individualizadas para quienes perdieron una oportunidad de ingreso.

El secretario Administrativo informó que se han pagado 69 millones 189 mil 760.38 pesos, correspondientes a aspirantes de licenciatura y bachillerato, bajo un esquema de 227.85 pesos más IVA por persona. La UNAM sostiene que esos recursos provienen de ingresos extraordinarios y que no se afectarán otras áreas. Aunque esa precisión reduce el riesgo de un impacto presupuestario directo en actividades académicas, no elimina la responsabilidad de justificar el gasto. La discusión financiera no se limita a cuánto se pagó, sino a si el servicio contratado cumplió las condiciones técnicas, jurídicas y de calidad esperadas.

Auditar tres veces no garantiza una sola verdad

Las tres revisiones anunciadas tienen alcances distintos y, en principio, pueden complementarse. La auditoría tecnológica permitiría examinar la plataforma y sus controles; la intervención solicitada a la Auditoría Superior de la Federación podría revisar la observancia de la normatividad aplicable, y la Contraloría de la UNAM tendría que analizar el proceso interno de contratación. La combinación ofrece una oportunidad para separar las responsabilidades técnicas de las administrativas y evitar que todo el problema se atribuya exclusivamente al proveedor.

El resultado dependerá de la independencia, profundidad y publicidad de esas investigaciones. Una auditoría acordada con la empresa puede ser útil para obtener información especializada, pero debe contar con mecanismos que impidan que la parte revisada determine qué datos se examinan. Del mismo modo, la revisión interna será insuficiente si se limita a verificar que existan documentos formales, sin evaluar si la selección del proveedor contempló adecuadamente la seguridad, la continuidad del servicio, la protección de datos y los mecanismos para impugnar decisiones automatizadas o semiautomatizadas.

La afirmación de que el contrato fue público mediante los mecanismos de transparencia universitaria tampoco resuelve todas las dudas. La publicidad documental permite conocer condiciones generales, pero no prueba que la planeación haya sido adecuada ni que la ejecución se haya vigilado correctamente. En servicios digitales de alto impacto, la transparencia debe incluir indicadores de desempeño, pruebas de estrés, reportes de incidentes, criterios de cancelación y responsabilidades precisas ante una interrupción o una clasificación errónea.

El examen presencial puede verificar, pero también profundizar la disputa

La aplicación de un examen de control presencial busca comprobar que la persona que presentó la prueba en línea es la misma que obtuvo el resultado y que no existieron apoyos indebidos. Desde el punto de vista institucional, ese mecanismo puede contribuir a distinguir entre un resultado legítimo y uno obtenido mediante suplantación, asistencia externa o fallas de identificación. También puede servir para proteger a quienes sí realizaron el examen bajo condiciones regulares y evitar que una eventual anulación general afecte a todos por igual.

El riesgo aparece cuando la verificación se percibe como una sanción colectiva o como una regla introducida después de los hechos. La UNAM sostiene que el examen de control estaba contemplado en la convocatoria, pero varios aspirantes han señalado que ni siquiera pudieron ingresar a la plataforma y, aun así, recibieron avisos de cancelación. Esa diferencia entre la experiencia de los usuarios y la explicación institucional puede convertirse en el núcleo jurídico del conflicto. Los diez amparos promovidos hasta ahora muestran que el problema ya se trasladó de la esfera administrativa a los tribunales.

Para que el control presencial sea legítimo, la Universidad tendría que comunicar con precisión su finalidad, duración, criterios de evaluación y consecuencias de no presentarlo. También debería ofrecer vías para revisar casos en los que existan fallas técnicas documentadas, problemas de conectividad o errores en las alertas automáticas. Si la prueba se utiliza para confirmar resultados, pero no se explica cómo se resolverán las discrepancias, puede terminar generando una segunda fuente de incertidumbre en lugar de cerrar la primera.

El costo humano de una decisión algorítmica opaca

Para miles de jóvenes, el examen de ingreso no es un trámite ordinario. Representa meses o años de preparación, decisiones familiares, gastos de transporte y, en muchos casos, la posibilidad de acceder a una institución pública sin asumir una deuda educativa. Por eso, una cancelación basada en alertas que los aspirantes no pueden conocer ni controvertir produce una asimetría difícil de justificar: la Universidad posee los registros técnicos y define la sanción, mientras la persona afectada debe demostrar que no incurrió en una irregularidad que quizá nunca le fue explicada.

El abogado general afirmó que la UNAM no cancela exámenes por mera presunción, sino porque cuenta con evidencias. El principio es relevante, pero su credibilidad dependerá de que esas evidencias sean auditables y de que no confundan una anomalía técnica con una conducta fraudulenta. Una conexión interrumpida, un cambio de dispositivo, una cámara que deja de transmitir o un patrón de respuesta inusual pueden activar una alerta sin demostrar, por sí mismos, que hubo trampa. Convertir una señal preventiva en una decisión definitiva implica un riesgo de falsos positivos.

Las cinco denuncias presentadas ante la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México añaden una dimensión penal que puede ayudar a investigar posibles redes de fraude, pero también exige cautela. La denuncia no equivale a una responsabilidad acreditada. La Universidad debe proteger la integridad del proceso sin criminalizar de manera anticipada a aspirantes que quizá fueron víctimas de deficiencias del sistema o de terceros. Una comunicación imprecisa podría dañar reputaciones y complicar la defensa legal de la institución.

La lección para la contratación tecnológica

El antecedente de que la plataforma haya sido utilizada en exámenes anteriores, incluso en 2024 y 2025, puede respaldar la decisión de contratarla, pero no constituye una garantía suficiente. Un sistema puede funcionar en un número menor de aplicaciones y fallar cuando aumenta el volumen, cambian las condiciones de conectividad o se introducen nuevas reglas de vigilancia. La experiencia previa debe acompañarse de pruebas independientes y actualizadas, especialmente cuando el proceso involucra a más de 150 mil aspirantes y puede alcanzar hasta 385 mil usuarios.

La principal enseñanza para las instituciones públicas es que la contratación de tecnología no debe evaluar únicamente precio, capacidad operativa o antecedentes comerciales. Los contratos tendrían que establecer auditorías periódicas, conservación obligatoria de registros, protocolos de respuesta ante incidentes, pruebas de accesibilidad, mecanismos de reparación para usuarios afectados y sanciones proporcionales por incumplimientos. También deberían definir con claridad quién responde cuando una decisión se produce por una combinación de software, personal operativo y reglas institucionales.

Para la UNAM, el desafío inmediato consiste en resolver los casos concretos sin sacrificar la consistencia del proceso. Una salida que preserve automáticamente todos los resultados podría premiar irregularidades reales; una cancelación generalizada podría castigar a quienes actuaron correctamente. La alternativa más sólida requiere clasificar los incidentes, permitir la revisión individual, preservar la igualdad entre aspirantes y publicar un informe técnico comprensible. La confianza no se recuperará sólo con nuevas declaraciones, sino con evidencias, plazos y decisiones que puedan ser examinadas por la comunidad universitaria y por los órganos competentes.

El conflicto también puede acelerar una discusión nacional sobre el uso de plataformas digitales en admisiones, certificaciones y concursos públicos. La digitalización ofrece ventajas de escala, rapidez y reducción de costos, pero traslada una parte decisiva del poder a sistemas que muchos usuarios no pueden inspeccionar. Si las auditorías confirman fallas graves, otras instituciones tendrán que revisar sus propios protocolos. Si concluyen que hubo principalmente errores de comunicación o casos aislados, aun así quedará clara la necesidad de explicar mejor cómo se toman decisiones automatizadas y cómo se protegen los derechos de quienes dependen de ellas.

La terminación del contrato es, por ahora, una medida de contención. Su impacto final dependerá de si las investigaciones logran establecer responsabilidades con precisión, reparar a los afectados cuando corresponda y evitar que la búsqueda de seguridad se convierta en una restricción desproporcionada. La UNAM conserva la oportunidad de transformar una crisis de confianza en una reforma verificable de sus procesos, pero esa oportunidad disminuirá si la información permanece fragmentada, si las respuestas llegan sólo después de los litigios o si la transparencia se limita a confirmar que los documentos existían.

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