Cuentas pendientes

La acumulación de inhabilitaciones contra exfuncionarios de la pasada administración de Tijuana no sólo exhibe una ruta administrativa en marcha; también abre una etapa de revisión política sobre el legado de gestión pública que dejó el gobierno encabezado por Montserrat Caballero Ramírez. Que en unos cuantos días se hayan notificado diez sanciones por irregularidades vinculadas con observaciones de la Auditoría Superior del Estado de Baja California sugiere que no se trata de casos aislados, sino de un patrón de presuntas fallas en áreas sensibles como Tesorería, Catastro, Planeación y organismos descentralizados. En términos institucionales, la medida puede reforzar la idea de que los mecanismos de control interno están funcionando, aunque sea con rezago, y que las observaciones del órgano fiscalizador ya no terminan archivadas. Ese efecto, si se sostiene, puede mejorar la percepción ciudadana sobre la capacidad del municipio para corregir desvíos y sancionar responsabilidades.

El alcance real de estas resoluciones, sin embargo, depende de algo más que de la sola notificación de sanciones. Una inhabilitación de un año tiene un valor simbólico y administrativo, pero para que produzca un cambio de fondo debe venir acompañada de explicaciones claras sobre el daño detectado, el proceso que lo acreditó y la forma en que se evitó que la irregularidad se repitiera. Cuando la ciudadanía escucha nombres y cargos, pero no conoce con precisión la naturaleza de la falta, queda un margen de duda que puede alimentar la idea de castigos selectivos o tardíos. La transparencia en este punto no es un accesorio: es la condición para que la sanción sirva como precedente y no como simple trámite burocrático.

Señales de control, presión sobre la credibilidad

Para la actual administración municipal, el proceso también representa una oportunidad de distanciarse de prácticas observadas en el pasado y consolidar una narrativa de disciplina administrativa. Si la Sindicatura procudora mantiene un ritmo consistente en la atención de expedientes y evita discrecionalidad, puede convertir este episodio en una referencia de corrección institucional. Pero esa misma velocidad carga un riesgo: cuando las resoluciones se acumulan en poco tiempo, la percepción pública puede pasar de la eficacia al sospechoso apresuramiento si no existe suficiente información de soporte. El desafío consiste en demostrar que no hay una respuesta reactiva para la foto política, sino una actuación derivada de expedientes sólidos y homogéneos.

El hecho de que la Sindicatura ya haya recibido observaciones de ejercicios posteriores, incluidos 2023 y parte de 2024, prolonga el problema y amplía el horizonte de riesgo. Si nuevas responsabilidades administrativas confirman una secuencia de irregularidades, el costo político para la administración anterior será mayor y el desgaste institucional también alcanzará a las áreas técnicas que debieron prevenirlas. A la vez, el hallazgo de más casos puede tener un efecto positivo: obligar a revisar procedimientos internos, controles de gasto, trazabilidad documental y supervisión de funciones. En otras palabras, la mala noticia para unos puede convertirse en una corrección útil para el sistema si las autoridades usan el diagnóstico para reformar, no sólo para sancionar.

Un espejo para la salud pública

El otro frente de la jornada, el avance del sarampión en el país y la situación de Baja California, ofrece una lección distinta pero conectada por la misma lógica institucional: la prevención cuesta menos que la reacción. Que México haya acumulado 12 mil 255 contagios entre enero y julio, con 17 muertes, confirma que el brote no puede tratarse como una alerta pasajera. Jalisco concentra la mayor carga, pero la dispersión a otras entidades muestra que el riesgo de propagación sigue vivo. En ese contexto, el hecho de que Baja California lleve más de dos meses sin nuevos casos confirmados es una buena señal, aunque insuficiente para hablar de control definitivo.

La cifra de 601 casos sospechosos revisados por la Secretaría de Salud estatal revela algo importante: la vigilancia epidemiológica está activa y eso reduce la probabilidad de que un repunte pase inadvertido. Esa capacidad de observación es una fortaleza real, porque en enfermedades prevenibles por vacunación el tiempo de respuesta define el tamaño del brote. Sin embargo, también deja al descubierto un riesgo persistente: la ausencia de casos confirmados durante varias semanas puede inducir una falsa sensación de seguridad, disminuir la demanda de vacunación o relajar la búsqueda activa de síntomas. Si eso ocurre, la ventana de oportunidad que hoy tiene el estado podría cerrarse rápido.

La calma que puede engañar

El escenario más favorable para Baja California es consolidar el periodo sin contagios mediante cobertura vacunal alta, rastreo oportuno y comunicación pública constante. El escenario menos deseable es confiarse en la curva plana y desmontar la vigilancia justo cuando el resto del país sigue enfrentando transmisión intensa. La movilidad poblacional, la cercanía con zonas de alto tránsito y la existencia de bolsas de población no inmunizada pueden convertir un caso importado en un brote local en cuestión de días. Por eso, el valor de los datos actuales no está en proclamar una victoria prematura, sino en sostener una respuesta preventiva mientras la amenaza nacional siga activa.

Visto en conjunto, ambos asuntos dejan una misma advertencia: las instituciones se evalúan menos por sus anuncios que por su capacidad para anticiparse al siguiente problema. En Tijuana, eso significa depurar responsabilidades sin opacidad y corregir los mecanismos que permitieron las irregularidades. En salud pública, significa mantener la vigilancia incluso cuando las cifras mejoran. La gestión pública se pone a prueba precisamente en estos momentos de transición, cuando hay señales de corrección pero todavía no garantías de que el riesgo haya desaparecido.

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