El peso fuerte amenaza con restar 46 mil millones de pesos a los ingresos públicos en 2026

La apreciación del peso mexicano cerró agosto con una consecuencia que va más allá de las ventanillas cambiarias: si el tipo de cambio se mantiene cerca de su promedio reciente, las finanzas públicas podrían enfrentar un faltante de alrededor de 46 mil millones de pesos en 2026. La moneda terminó el mes alrededor de 17 pesos por dólar en el mercado mayorista, muy por debajo de los 19.3 pesos considerados por Hacienda en sus supuestos presupuestarios.

La paradoja es clara. Un peso fortalecido abarata obligaciones externas y reduce presiones para empresas y consumidores que adquieren bienes importados. Pero también disminuye, al convertirlos a moneda nacional, los ingresos públicos ligados a exportaciones petroleras cotizadas en dólares. Para un gobierno cuya recaudación petrolera sigue siendo relevante, la fortaleza cambiaria no es sólo una señal financiera favorable: se convierte en una restricción presupuestaria concreta.

Una ganancia cambiaria que se vuelve costo fiscal

Durante agosto, el peso se apreció 2%, equivalente a unos 35 centavos, según operaciones mayoristas reportadas por Bloomberg. El 14 de agosto rompió el nivel de 17 unidades por dólar y el 21 alcanzó 16.89 pesos, su cotización más fuerte desde mayo de 2024. En Banamex, el dólar concluyó el mes en 17.41 pesos a la venta, 33 centavos menos que al inicio de agosto.

La distancia respecto del presupuesto importa más que el nivel aislado del dólar. Los Criterios Generales de Política Económica para 2026 calculan que por cada 20 centavos que el tipo de cambio promedio se ubique por debajo de los 19.3 pesos previstos, el erario deja de percibir 8.3 mil millones de pesos por el menor valor en pesos de las exportaciones de Pemex. Al mismo tiempo, obtiene un ahorro de 3.4 mil millones por la reducción del valor en moneda nacional de la deuda externa.

El saldo neto, por tanto, es negativo: 4.9 mil millones de pesos por cada 20 centavos de apreciación frente al supuesto oficial. Con un tipo de cambio promedio de 17.42 pesos para el resto del año, la brecha no sería marginal. El cálculo de 46 mil millones refleja que la exposición presupuestaria al dólar sigue concentrada en una fuente de ingresos que no depende únicamente del volumen vendido o del precio del crudo, sino también de la paridad al momento de convertir las divisas.

El mercado favorece al peso por factores externos y locales

La recuperación de la moneda responde a una combinación de elementos. Paulina Anciola, analista de Banamex, atribuye el regreso del llamado superpeso a la debilidad global del dólar ante una mayor incertidumbre sobre la economía estadounidense. Esa tendencia ha hecho más atractivos los activos de economías emergentes, especialmente aquellos que ofrecen rendimientos relativamente altos.

México conserva una diferencia de tasas de interés favorable frente a Estados Unidos y otras economías, un incentivo para estrategias financieras que buscan rendimientos en pesos. A ello se sumaron las señales del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, sobre una posible ampliación de esfuerzos para recomprar deuda y enfrentar el encarecimiento del financiamiento. Esas declaraciones ayudaron a contener la presión sobre los mercados de bonos de Estados Unidos y contribuyeron a debilitar al dólar.

Sin embargo, sería impreciso presentar la apreciación como el resultado exclusivo de la solidez mexicana. Parte del movimiento proviene de un ajuste internacional del dólar y de flujos financieros que pueden cambiar con rapidez si se modifican las expectativas sobre tasas, inflación o crecimiento. Esa naturaleza externa explica por qué un tipo de cambio favorable para importadores puede ser, a la vez, una base frágil para planear ingresos públicos.

Los ingresos petroleros vuelven a ser el punto vulnerable

La presión se concentra en los ingresos petroleros porque una proporción elevada está denominada en dólares. Cuando el peso gana valor, cada dólar obtenido por las ventas externas de hidrocarburos se traduce en menos pesos para el presupuesto. Arely Medina, también analista de Banamex, ha señalado que los mayores precios internacionales del crudo no han compensado plenamente esa reducción, debido a menores volúmenes exportados y a un tipo de cambio más apreciado que el previsto en el programa económico.

Esto revela un problema de composición, no sólo de coyuntura. El gobierno puede beneficiarse de menores costos financieros por su deuda externa, pero ese ahorro es considerablemente menor que la pérdida asociada a Pemex en el parámetro utilizado por Hacienda. La apreciación no elimina recursos de la economía; redistribuye efectos entre sectores. Favorece el pago de compromisos en dólares, pero debilita la capacidad recaudatoria de una administración que presupuestó otra cotización.

En los dos años anteriores, un peso más débil generó ingresos superiores a los previstos. El cambio actual invierte ese colchón y obliga a revisar la calidad de los supuestos fiscales. El desafío no consiste en perseguir un tipo de cambio específico, una tarea incompatible con un régimen de libre flotación, sino en preparar el presupuesto para escenarios menos favorables que el central y reducir la dependencia de variables volátiles.

El ajuste pendiente antes del Paquete Económico 2027

La Secretaría de Hacienda tiene como fecha límite el 8 de septiembre para entregar al Congreso los criterios económicos correspondientes a 2027. Esa presentación será relevante porque deberá mostrar cómo se absorbe el faltante potencial de este año y qué hipótesis cambiarias sostendrán el siguiente presupuesto. El consenso privado consultado por Citi prevé que el dólar cierre el año en 17.68 pesos al mayoreo, todavía muy lejos de la referencia de 19.3 pesos usada para 2026.

Carlos Hernández García, director de Análisis de Valdez Capital, plantea que la primera respuesta debe ser adecuar el gasto a la disponibilidad real de ingresos y aprovechar los márgenes presupuestarios antes de incrementar la deuda. La recomendación tiene una dificultad práctica: una parte amplia del gasto público es rígida, por compromisos sociales, transferencias, participaciones y servicios financieros. Por ello, el ajuste no puede recaer solamente en recortes discrecionales.

La alternativa más sostenible combina disciplina del gasto, mayor eficiencia recaudatoria y combate a la evasión y la informalidad. Financiar una diferencia transitoria con deuda puede ser razonable, pero convertirla en respuesta permanente trasladaría el costo a ejercicios futuros. El superpeso expone así una tensión central de la política fiscal mexicana: una moneda fuerte puede ser bienvenida para la estabilidad financiera, pero exige cuentas públicas capaces de resistir que los ingresos petroleros valgan menos al cruzar la frontera cambiaria.

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