La capacitación que define el futuro de la construcción ligera

La jornada de formación técnica realizada en la explanada de la Alcaldía Iztapalapa, con la participación de más de 150 personas, representa algo más que una actividad de capacitación para instaladores y trabajadores de la construcción. El encuentro organizado por la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción Ciudad de México, la alcaldía y USG LATAM expone uno de los principales límites para que los sistemas ligeros ganen presencia en México: la tecnología puede estar disponible, pero su aprovechamiento depende de que exista personal capaz de instalarla correctamente, interpretar sus especificaciones y responder por el desempeño de la obra.

La construcción ligera se ha presentado durante los últimos años como una alternativa frente a los métodos convencionales basados en estructuras y elementos de mayor peso. El uso de paneles de yeso y cemento permite resolver divisiones interiores, fachadas, plafones y determinados componentes constructivos con procesos más rápidos y con menores cargas sobre la edificación. Sin embargo, la transición hacia estos sistemas no ocurre únicamente mediante la sustitución de materiales. Implica modificar rutinas de diseño, contratación, supervisión y mantenimiento que permanecen arraigadas en buena parte del sector.

El desafío que dejó la expansión urbana

El crecimiento de las ciudades mexicanas ha incrementado la presión sobre los tiempos de construcción, el costo de los materiales y la disponibilidad de suelo. En zonas densamente pobladas, como Iztapalapa, levantar, ampliar o rehabilitar espacios exige reducir interferencias con la vida cotidiana, controlar el traslado de materiales y disminuir los residuos que terminan en calles, tiraderos o sitios de disposición final. Bajo esas condiciones, los sistemas ligeros pueden ofrecer ventajas operativas, especialmente en remodelaciones, ampliaciones y proyectos que requieren intervenciones rápidas.

La utilidad de estos sistemas también se relaciona con la transformación de los edificios. Oficinas, locales comerciales, centros educativos y viviendas necesitan adaptar sus espacios con mayor frecuencia que en el pasado. Una división interior construida con paneles puede modificarse con menos tiempo y menor generación de escombro que un muro convencional, siempre que la solución haya sido especificada e instalada de acuerdo con su función. Esa flexibilidad adquiere relevancia en inmuebles que cambian de uso, en viviendas que se amplían por etapas o en negocios que deben ajustar su distribución para responder a nuevas necesidades.

El problema aparece cuando la rapidez se confunde con facilidad. Un sistema ligero no es simplemente una versión más delgada de la construcción tradicional. Cada componente tiene requerimientos de fijación, separación, juntas, aislamiento, resistencia a la humedad y compatibilidad con las instalaciones. Un error en la selección del panel o en el tratamiento de las uniones puede traducirse en filtraciones, fisuras, pérdida de aislamiento acústico o fallas prematuras. La capacitación, por tanto, cumple una función técnica y también económica: reduce la probabilidad de que una solución eficiente termine generando reparaciones costosas.

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La brecha entre la innovación y la obra

La escasez de trabajadores especializados no es exclusiva de la construcción ligera. El sector enfrenta una combinación de informalidad, rotación laboral, envejecimiento de parte de su fuerza de trabajo y dificultades para incorporar nuevos perfiles técnicos. En ese contexto, la adopción de materiales y métodos distintos puede avanzar más lentamente que la innovación de los fabricantes. Un arquitecto puede especificar un sistema de alto desempeño, pero el resultado dependerá de que el instalador conozca la secuencia de montaje y de que el supervisor pueda verificarla.

La brecha tiene consecuencias visibles en la productividad. Cuando una cuadrilla no domina un sistema, suele compensar la incertidumbre con más material, más tiempo o soluciones improvisadas. El desperdicio puede aumentar, las actividades posteriores se retrasan y la empresa pierde parte de los beneficios que justificaron elegir una alternativa ligera. En una obra habitacional, por ejemplo, una instalación incorrecta de paneles en zonas húmedas puede obligar a desmontar acabados y repetir trabajos. El costo final no se limita al material dañado: incluye horas de mano de obra, retrasos y afectaciones para quienes ocuparán el inmueble.

Por ello, el alcance de Academia USG, creada en 2022 y con más de 30,000 personas capacitadas según cifras de la empresa, debe evaluarse en función de la continuidad y la calidad de sus programas. La existencia de centros en Ciudad de México y Monterrey, así como la previsión de abrir una sede en Guadalajara, amplía la cobertura, pero todavía deja abierta una pregunta central: cómo llevar la formación a los estados y municipios donde la actividad constructiva crece sin contar con suficientes instituciones técnicas o mecanismos de certificación.

Una alianza con efectos más amplios

La participación conjunta de una organización empresarial, una alcaldía y una compañía privada muestra una ruta posible para atender el déficit de habilidades. La autoridad local aporta capacidad de convocatoria y acceso territorial; la cámara empresarial conecta la capacitación con las necesidades de contratistas y empleadores; y la empresa especializada proporciona conocimiento sobre productos, sistemas y procedimientos. Si esta coordinación se mantiene, puede convertirse en un modelo replicable para otras demarcaciones con altos niveles de actividad constructiva.

El valor de la colaboración no radica únicamente en reunir participantes durante una jornada. Su impacto dependerá de que la capacitación se vincule con oportunidades concretas de empleo, contratación y certificación. Un trabajador que adquiere nuevas habilidades, pero no puede demostrar formalmente su competencia, seguirá enfrentando dificultades para negociar mejores condiciones laborales o acceder a proyectos de mayor responsabilidad. Del mismo modo, una empresa que capacita personal sin modificar sus estándares de supervisión puede no obtener mejoras duraderas en productividad.

La profesionalización también puede ayudar a ordenar un mercado donde buena parte de las decisiones se toman por precio inmediato. Cuando los clientes y contratistas pueden identificar instaladores certificados y comparar el desempeño de distintas soluciones, la competencia deja de concentrarse únicamente en quién ofrece el presupuesto más bajo. La calidad de la ejecución, la durabilidad, el consumo energético y el costo de mantenimiento comienzan a formar parte de la evaluación. Esa transformación sería especialmente importante en la vivienda, donde los errores constructivos afectan durante años a familias con capacidad limitada para asumir reparaciones.

Sostenibilidad: una ventaja que depende del proceso

La construcción ligera suele asociarse con una menor huella ambiental porque puede reducir el peso de los elementos, acortar los tiempos de obra y disminuir ciertos volúmenes de desperdicio. No obstante, esos beneficios no son automáticos. La sostenibilidad de un sistema depende de su ciclo de vida completo: extracción y fabricación de materiales, transporte, instalación, desempeño energético, mantenimiento y posibilidad de reutilización o reciclaje.

La capacitación influye en cada una de esas etapas. Una instalación precisa evita sustituir piezas antes de tiempo y permite que el sistema cumpla con sus propiedades de aislamiento o resistencia. La planeación adecuada también reduce cortes innecesarios y facilita separar los residuos. En proyectos de gran escala, pequeñas mejoras por cada metro cuadrado pueden convertirse en reducciones significativas de desperdicio cuando se multiplican por cientos o miles de viviendas, oficinas o locales.

La oportunidad es relevante para México, donde el crecimiento urbano y la necesidad de rehabilitar inmuebles coexistirán durante décadas. En lugar de construir siempre desde cero, numerosas ciudades deberán adaptar edificios existentes, mejorar su eficiencia y atender cambios demográficos. Los sistemas ligeros pueden ser útiles en esas intervenciones porque disminuyen cargas adicionales y permiten organizar los trabajos por etapas. Pero si el personal no domina la solución, la promesa ambiental puede diluirse en retrabajos, demoliciones y compras adicionales de materiales.

El impacto laboral más allá del aula

La formación técnica puede abrir una vía de movilidad para jóvenes y trabajadores que ingresan al sector sin una trayectoria profesional formal. Las habilidades de instalación, lectura de planos, medición y control de calidad son transferibles entre distintos tipos de obra. Con una ruta de aprendizaje progresiva, una persona puede comenzar en tareas básicas y avanzar hacia funciones de supervisión, coordinación de cuadrillas o estimación de materiales.

Ese proceso requiere, sin embargo, que la industria acompañe los cursos con condiciones laborales más estables. La especialización pierde atractivo si el trabajador capacitado continúa sujeto a empleos intermitentes, pagos informales o ausencia de protección social. También es necesario ampliar la participación de mujeres y personas jóvenes, grupos que todavía encuentran barreras de acceso en numerosos oficios de la construcción. Los centros de formación pueden contribuir a modificar esa composición si ofrecen horarios accesibles, prácticas supervisadas y mecanismos claros para acreditar competencias.

La capacitación técnica puede tener además un efecto territorial. Si los trabajadores locales cuentan con herramientas para participar en proyectos de vivienda, infraestructura y rehabilitación, una mayor proporción del valor generado permanece en las comunidades. En una alcaldía con grandes necesidades de mantenimiento urbano, disponer de personal cercano reduce tiempos de traslado y facilita atender reparaciones menores antes de que se conviertan en problemas estructurales o gastos públicos mayores.

El siguiente paso: medir resultados

El éxito de iniciativas como la realizada en Iztapalapa no debería medirse únicamente por el número de asistentes. Será más significativo conocer cuántas personas concluyen rutas completas de formación, cuántas obtienen una certificación, cuántas acceden a empleos mejor remunerados y en qué medida disminuyen los errores, desperdicios y tiempos de ejecución en las obras donde participan.

También convendría construir indicadores independientes sobre el desempeño de los sistemas ligeros en distintos climas y tipos de edificación. Las necesidades de una vivienda en una zona húmeda no son las mismas que las de un local comercial en una región con temperaturas extremas. La capacitación debe incorporar esa diversidad y evitar que el conocimiento se reduzca a la promoción de productos específicos. La confianza del mercado dependerá de que arquitectos, ingenieros, contratistas y usuarios puedan verificar resultados y no sólo recibir promesas de eficiencia.

La jornada de formación coloca sobre la mesa una conclusión relevante para el futuro del sector: la modernización de la construcción será tanto un reto de talento como de materiales. México puede disponer de soluciones más rápidas, adaptables y potencialmente sostenibles, pero su impacto dependerá de la capacidad de convertirlas en prácticas confiables en miles de obras. La apertura de nuevos centros de capacitación, la cooperación entre autoridades y empresas y una certificación vinculada al empleo pueden acelerar esa transición. Sin esos elementos, la construcción ligera seguirá siendo una alternativa técnicamente atractiva, pero limitada por la distancia entre lo que los sistemas pueden hacer y lo que las obras realmente consiguen ejecutar.

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