La revisión del T-MEC ha abierto un debate que va más allá de los aranceles y coloca en el centro la reorganización de las cadenas de suministro en América del Norte. De acuerdo con el planteamiento difundido en torno a esta negociación, México y Estados Unidos han empezado a discutir cómo reducir la dependencia de importaciones provenientes de Asia y fortalecer la producción regional. En ese contexto, ha cobrado fuerza la idea de una Estrategia de Sustitución Regional de Importaciones 2026-2035, concebida no como un regreso al proteccionismo clásico, sino como una política para desarrollar proveedores, tecnología, empleo e inversión dentro de la región.
El punto de partida es una paradoja que México arrastra desde hace tres décadas: consolidó una potente plataforma exportadora, pero no desarrolló al mismo ritmo la base productiva interna que la sostiene. El país exporta automóviles, computadoras, televisores, equipo médico y maquinaria, pero una parte relevante de los insumos que incorpora a esos bienes sigue llegando del exterior. Esa dependencia es todavía más visible en la relación con China. En 2025, México importó de ese país cerca de 120 mil millones de dólares y exportó poco más de 9 mil millones, lo que dejó un déficit superior a 110 mil millones de dólares.

Más que el saldo comercial, el contenido de esas compras es lo que alimenta la discusión. La mayor parte no corresponde a bienes de consumo, sino a insumos productivos: componentes electrónicos, maquinaria, circuitos integrados, transformadores, autopartes, productos químicos, plásticos, equipo eléctrico e instrumentos médicos. En esa composición está la oportunidad que algunos sectores buscan colocar en la mesa del tratado: producir dentro de América del Norte una fracción mayor de lo que hoy se adquiere en Asia, particularmente hacia 2035. Para México, la pregunta inmediata es qué parte de ese proceso puede capturar con industria, empleo y valor agregado local.
La propuesta parte de abandonar la inercia de esperar que el nearshoring resuelva por sí solo la localización de nuevas plantas. El planteamiento es más exigente: identificar sectores prioritarios, construir capacidades, orientar financiamiento y establecer metas medibles. Entre las cadenas consideradas estratégicas figuran la electrónica y los semiconductores, la maquinaria y el equipo eléctrico, el sector automotriz y la electromovilidad, la farmacéutica y los dispositivos médicos, además de minerales críticos, energía y nuevos materiales. El impulso reciente a las exportaciones de equipo de cómputo ligado a la inteligencia artificial refuerza la urgencia, pero también exhibe el límite actual: buena parte de ese crecimiento sigue dependiendo de componentes fabricados en Asia.
El argumento industrial se apoya en antecedentes históricos. Corea del Sur transformó sus exportaciones en un mecanismo de aprendizaje tecnológico, con políticas públicas que empujaron a las empresas a desarrollar capacidades nacionales; Japón siguió una ruta parecida y China la amplió a gran escala. La referencia a Raúl Prebisch apunta en la misma dirección: la inserción internacional sólo genera desarrollo si modifica la estructura productiva interna. Bajo esa lógica, una estrategia regional no se limitaría a sustituir importaciones, sino a crear una base tecnológica que permita producir más dentro de la región y exportar con mayor contenido nacional.
El diseño de esa política exigiría instrumentos concretos. Entre ellos se mencionan un sistema de financiamiento industrial más activo, con Nafin y Bancomext enfocados no sólo en operaciones de segundo piso, sino en modernización tecnológica, capacidad instalada y capital de trabajo para proveedores; incentivos fiscales a la reinversión de utilidades en maquinaria, digitalización, inteligencia artificial, investigación, capacitación y nuevas plantas; y un uso más fino de las compras públicas de gobierno, CFE, Pemex, IMSS y obras de infraestructura para desarrollar proveedores locales con estándares de calidad y productividad.
La dimensión territorial también aparece como parte del debate. La nueva industrialización no se limitaría a la frontera norte y al Bajío: los corredores del Istmo, los puertos del Pacífico y del Golfo, y los Polos de Desarrollo podrían incorporar al sur-sureste a la estrategia. Incluso la construcción naval figura entre las posibles apuestas, apoyada en los dos litorales del país y en una economía azul todavía poco explotada. En paralelo, universidades y centros de investigación tendrían que vincularse de forma directa con la industria para formar ingenieros, técnicos y laboratorios capaces de sostener sectores más complejos.
La revisión del T-MEC coincide con un cambio en la política económica de Estados Unidos, donde la seguridad económica, la resiliencia de las cadenas y la competencia tecnológica con China han devuelto centralidad a la política industrial. En ese marco, México busca pasar de la lógica tradicional de exportar más a una meta más amplia: producir en el país una porción creciente de lo que hoy se importa, para exportar más valor mexicano. El éxito del tratado hacia 2035, bajo esta visión, no dependería sólo del volumen de comercio entre los tres socios, sino de cuánto más logren producir juntos y de cuánto más sea capaz de producir México por sí mismo.
