Rabat abre una crisis de gobernanza

La ofensiva pública de Javier Tebas contra la FIFA no se limita a una disputa personal entre el presidente de LaLiga y Gianni Infantino. Su intervención sitúa en el centro una cuestión que acompaña al fútbol internacional desde hace décadas: quién controla las decisiones de mayor valor económico, bajo qué mecanismos se adoptan y qué ocurre cuando los órganos llamados a supervisarlas son informados tarde o directamente quedan al margen. La reunión extraordinaria celebrada en Rabat, presentada por la FIFA como un paso para corregir errores y reforzar su gobernanza, ha sido interpretada por Tebas como la prueba contraria: un intento de cerrar una crisis mediante una disculpa sin establecer responsabilidades.

La gravedad del choque deriva del tipo de asuntos mencionados. No se trata de una campaña comercial fallida ni de un desacuerdo técnico sobre el calendario, sino de presuntas decisiones relativas a la entrada de inversores privados en competiciones internacionales, la política de venta de entradas y una controversia disciplinaria vinculada a Balogun. Cada uno de esos expedientes afecta a una fuente distinta de legitimidad: la propiedad económica del fútbol, la relación con los aficionados y la independencia de las normas deportivas. Juntos dibujan un problema más amplio que el de una comunicación insuficiente.

Una institución marcada por reformas incompletas

Para entender el alcance de las críticas hay que volver al contexto en que se construyó la FIFA contemporánea. La entidad emprendió una profunda reforma tras la crisis de corrupción que sacudió al organismo en 2015, cuando investigaciones judiciales en Estados Unidos y Suiza expusieron una red de sobornos, contratos opacos y prácticas de captura de poder. La salida de Joseph Blatter abrió una etapa en la que Infantino llegó a la presidencia con un discurso de transparencia, profesionalización y controles internos más estrictos. La promesa central era que las decisiones estratégicas dejarían de depender de círculos reducidos.

Sin embargo, reformar estatutos es más sencillo que alterar los incentivos políticos de una federación global. La FIFA reúne 211 asociaciones nacionales, muchas de ellas dependientes de los programas de desarrollo financiados por Zúrich. Ese modelo otorga a la presidencia una enorme capacidad de influencia: distribuye recursos, amplía torneos, negocia acuerdos comerciales y articula alianzas con confederaciones continentales. La relación entre el centro financiero y las federaciones receptoras puede ser legítima y necesaria para equilibrar el fútbol mundial, pero exige contrapesos particularmente fuertes para evitar que la lealtad institucional se convierta en dependencia política.

La expansión de las competiciones ha aumentado aún más esa tensión. El Mundial de 2026, con 48 selecciones, y el nuevo Mundial de Clubes responden a una lógica de crecimiento de ingresos, audiencias y presencia territorial. También elevan los riesgos: más partidos significan mayores necesidades de financiación, una presión comercial superior y discusiones más duras sobre derechos audiovisuales, entradas, calendarios y reparto de beneficios. Cuando decisiones de esa magnitud se toman sin una trazabilidad clara, la discusión deja de ser administrativa. Pasa a ser una disputa sobre quién posee, en la práctica, el patrimonio colectivo del fútbol.

El valor de informar antes de decidir

Tebas sostiene que la eventual ocultación de decisiones trascendentales al Consejo, a federaciones miembro y a altos ejecutivos no puede ser reducida a un fallo comunicativo. El argumento tiene una base institucional precisa. La comunicación sucede después de que se ha tomado una decisión; la gobernanza determina quién puede participar, cuestionar, votar o impedir que esa decisión se adopte. Confundir ambas fases permite presentar como una omisión de forma lo que, de confirmarse, sería una alteración del reparto de facultades dentro de la organización.

La propuesta de vender participaciones de competiciones a inversores privados ilustra bien esa diferencia. La inversión externa no es, por definición, incompatible con el deporte. Ligas, clubes y operadores audiovisuales recurren regularmente a capital privado para financiar infraestructuras o anticipar ingresos. Pero en una federación como la FIFA, cuyos torneos dependen de selecciones, clubes, jugadores y aficionados de todo el mundo, vender una parte del negocio plantea preguntas que requieren aprobación y transparencia: qué derechos se transfieren, durante cuánto tiempo, qué retorno recibe cada asociación y si el inversor puede condicionar decisiones deportivas futuras.

El precedente de CVC en LaLiga permite medir la sensibilidad de estos acuerdos. El proyecto, aprobado en 2021, permitió a muchos clubes recibir fondos inmediatos a cambio de ceder durante décadas una porción de determinados ingresos audiovisuales. La operación fue defendida como una herramienta para modernizar el campeonato, pero Real Madrid, Barcelona y Athletic Club la rechazaron, en parte por considerar que afectaba a derechos y activos sin el consenso suficiente. El caso no demuestra que toda inversión sea perjudicial; demuestra que el precio del dinero depende de quién decide, qué información recibe y qué capacidad conserva para revisar el pacto.

Entradas, disciplina y credibilidad pública

La controversia trasciende los despachos porque toca dos puntos especialmente sensibles para la opinión pública. El primero es la venta de entradas. En los grandes torneos, el aficionado no es un actor periférico: es quien sostiene la legitimidad social del espectáculo y, a menudo, quien asume costes de viaje, alojamiento y reventa abusiva. Un sistema de asignación que resulte opaco, desigual o permeable a favores puede deteriorar rápidamente la confianza en el organizador, aunque el torneo tenga éxito televisivo. Las protestas por precios, cupos insuficientes o plataformas de reventa no son asuntos menores de atención al cliente; son conflictos sobre el acceso al principal ritual colectivo del fútbol.

El segundo punto es aún más delicado: la independencia disciplinaria. Tebas ha señalado la suspensión de una sanción tras la expulsión de Balogun y las presiones políticas que, según el relato citado, fueron reconocidas públicamente por el presidente estadounidense Donald Trump. La FIFA no ha aceptado en este contexto la caracterización de una injerencia indebida, y cualquier conclusión definitiva requeriría documentación y esclarecimiento formal. Pero el mero debate resulta dañino porque una regla disciplinaria sólo funciona si clubes, selecciones y jugadores creen que se aplica con criterios previsibles, no según la influencia del protagonista o el interés político del momento.

La historia del deporte ofrece numerosos ejemplos de por qué ese principio importa. Las sanciones modificadas sin motivación convincente alimentan la percepción de que hay categorías de competidores: unos sometidos al reglamento y otros capaces de negociar excepciones. Esa sospecha no necesita ser probada en cada conversación para producir efectos; basta con que se repita para que árbitros, federaciones y rivales perciban el sistema como menos imparcial. En competiciones donde una expulsión puede decidir una clasificación, un contrato o la carrera de un futbolista, la discrecionalidad sin explicación se convierte en un riesgo competitivo y jurídico.

Apoyos políticos que no cierran la herida

Los comunicados de respaldo de federaciones como la CAF o la Asociación del Fútbol Argentino forman parte de otra dimensión de la crisis. En una organización electiva, el apoyo de asociaciones nacionales es una fuente formal de legitimidad. Sin embargo, la unanimidad aparente no siempre resuelve una controversia; en ocasiones revela la debilidad de los mecanismos internos de deliberación. Si los mismos organismos que deberían pedir información independiente se limitan a respaldar al dirigente cuestionado, la institución transmite que la estabilidad de la coalición importa más que la verificación de los hechos.

La comparación de Tebas entre el estilo de Infantino y el de Claudio “Chiqui” Tapia apunta a ese problema de personalización. La crítica no consiste únicamente en señalar a dos dirigentes, sino en advertir sobre un patrón: cuando la identidad de una institución se confunde con la de su presidente, disentir se percibe como una amenaza al organismo y no como una función de control. Las organizaciones deportivas suelen concentrar una combinación singular de dinero, representación nacional y emoción popular. Por eso necesitan reglas de incompatibilidad, actas accesibles, auditorías efectivas y protección para quienes plantean objeciones dentro de la estructura.

La referencia de Tebas a los ejecutivos que habrían rechazado el llamado “perdón de Rabat” es relevante precisamente por ese motivo. En una administración sana, la discrepancia profesional no debería requerir valentía excepcional. Debería estar prevista en el procedimiento: informes divergentes, votaciones registradas, revisión por comités independientes y canales para elevar alertas sin sufrir represalias. Si la oposición interna aparece como una rareza heroica, es señal de que el sistema puede haber elevado demasiado el coste de contradecir a la dirección.

Europa busca recuperar capacidad de presión

La reacción de Tebas también expresa un conflicto geopolítico dentro del fútbol. UEFA y las ligas europeas concentran buena parte de los clubes, jugadores, audiencias y derechos audiovisuales más valiosos del planeta, pero la FIFA se gobierna bajo el principio de una federación, un voto. Esa arquitectura impide que Europa traduzca automáticamente su peso económico en control institucional. De ahí que las críticas europeas a la saturación del calendario, al Mundial de Clubes o a la gestión comercial de la FIFA mezclen defensa de principios y defensa de intereses propios.

La diferencia no invalida las objeciones, pero obliga a analizarlas con precisión. LaLiga teme que la expansión de torneos internacionales desgaste a los futbolistas, devalúe las competiciones domésticas y concentre ingresos fuera de las ligas nacionales. FIFPRO, por su parte, ha cuestionado reiteradamente la carga física y la falta de consulta a los jugadores. Cuando esos actores coinciden con federaciones y figuras como Luis Figo en reclamar controles, se forma una alianza incómoda para la FIFA: no es sólo una oposición política, sino una convergencia entre quienes aportan el producto deportivo, quienes representan a los trabajadores y quienes organizan las competiciones semanales.

El desenlace dependerá menos de la contundencia de los comunicados que de la calidad de las respuestas institucionales. Una revisión interna puede ser útil si delimita hechos, identifica a los responsables, publica conclusiones verificables y establece cambios aplicables a futuras decisiones. Resultará insuficiente si funciona únicamente como mecanismo de cierre narrativo. La eventual investigación mencionada por Tebas en la Cámara de Representantes estadounidense añade presión porque convierte cuestiones de gobierno deportivo en posibles asuntos de supervisión política y legal, especialmente cuando involucran entradas, relaciones de favor o actuaciones de autoridades públicas.

La prueba que deja Rabat

La crisis de Rabat puede convertirse en un punto de inflexión si obliga a separar claramente la autoridad ejecutiva del control institucional. Eso implicaría publicar los criterios de cualquier operación con capital privado, garantizar que el Consejo y las federaciones reciban información antes de decidir, blindar a los órganos disciplinarios frente a presiones externas y hacer auditables las políticas de venta de entradas. No son exigencias abstractas: protegen el valor económico de los torneos y el derecho de los aficionados a confiar en que el resultado, la sanción y el acceso al estadio no dependen de relaciones privilegiadas.

La cuestión de fondo no es si Infantino conserva apoyos suficientes para superar la polémica, sino qué estándar deja establecido la FIFA para la próxima decisión controvertida. Una institución global no recupera credibilidad con una declaración de confianza entre dirigentes; la recupera cuando demuestra que ni el presidente, ni un gobierno, ni un inversor pueden eludir los procedimientos comunes. La advertencia de Tebas tiene una lectura que trasciende su tono combativo: en el fútbol contemporáneo, donde el poder comercial crece más rápido que los mecanismos de vigilancia, pedir perdón puede ser el inicio de una corrección, pero nunca puede sustituir la obligación de rendir cuentas.

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