El Reino Unido pierde ya unos 125.000 millones de libras al año por la inactividad de cerca de un millón de jóvenes que no trabajan, no estudian ni se forman. La cifra, en aumento, refleja un problema que dejó de ser solo social para convertirse en económico: una base laboral debilitada antes de entrar plenamente en el mercado.
La factura no nació con la generación Z, pero hoy la concentra. Los recortes de la última década y media vaciaron oportunidades: el gasto en juventud cayó 76%, cerraron clubes y se redujeron trabajadores sociales. A esa erosión se sumaron la pandemia, el encarecimiento de la vida y un mercado laboral más exigente por la irrupción de la inteligencia artificial.

El resultado es un círculo de exclusión más difícil de romper. Menos apoyo público y menos formación elevan el riesgo de inactividad prolongada, mientras el Estado asume un coste que seguirá creciendo si no recompone la transición entre escuela, capacitación y empleo.
