Salarios del empleo doméstico

El Gobierno volvió a activar la mesa salarial de las trabajadoras de casas particulares en un momento en el que el sector arrastra una tensión conocida: los ingresos suelen ajustarse con atraso frente a la inflación y, cuando finalmente se revisan, ya han perdido parte de su capacidad de compra. La convocatoria a la Comisión Nacional de Trabajo en Casas Particulares para el 21 de agosto no es un gesto aislado ni una mera formalidad administrativa. Es, en los hechos, la reapertura del único ámbito institucional que permite ordenar una actividad altamente fragmentada, con millones de vínculos laborales dispersos entre hogares particulares, donde la fiscalización es más difícil y la informalidad sigue siendo una de sus marcas estructurales.

La decisión quedó formalizada por la resolución 5/2026 y retoma un mecanismo previsto por la ley 26.844, que creó un régimen especial para este universo laboral. Esa norma fue importante porque reconoció que el trabajo doméstico no podía seguir siendo tratado como una relación laboral residual. Sin embargo, el diseño legal no elimina por sí solo los problemas de fondo: salarios bajos, jornadas parciales, pagos por hora que conviven con modalidades mensuales y una enorme dependencia de acuerdos paritarios que muchas veces llegan tarde. Por eso la convocatoria actual debe leerse también como una señal de presión sobre un sector en el que las recomposiciones son inevitables, pero casi siempre insuficientes para recuperar lo perdido en los meses previos.

La secuencia de aumentos aplicada desde abril ayuda a entender la lógica de este proceso. Los tramos de 1,8%, 1,6%, 1,5% y 1,4% muestran una estrategia de corrección gradual, probablemente pensada para repartir el impacto entre empleadores con distinta capacidad de pago. Pero esa metodología también revela una limitación: cuando los incrementos se escalonan de ese modo, el salario de base queda expuesto a la dinámica general de precios, y la actualización pierde eficacia si no se acompaña con una frecuencia suficiente. En una actividad donde gran parte de las trabajadoras cobra por hora y muchas tienen pocas horas con cada empleador, cada décima atrasada impacta de forma desproporcionada en el ingreso mensual real.

El cuadro vigente en agosto expone con claridad esa fragilidad. Las escalas para supervisores, personal de tareas específicas, caseros, asistencia y cuidado de personas, y tareas generales marcan pisos nominales que, en apariencia, ordenan el mercado. En la práctica, esos valores funcionan como referencia para negociar en un terreno muy desigual. Quien trabaja menos de 24 horas semanales con un mismo empleador depende del valor horario; quien supera ese umbral cobra proporcionalmente sobre la escala mensual. Esa dualidad refleja una realidad laboral compleja, pero también abre espacios de interpretación, subregistro y pagos incompletos. En muchos hogares, además, la jornada efectiva rara vez se registra con precisión, y esa informalidad reduce el alcance de cualquier actualización oficial.

La incorporación del 50% de la suma no remunerativa pagada en marzo al salario básico agrega otro elemento de lectura. Desde el punto de vista técnico, ese pase al básico mejora la estructura del ingreso, porque una parte mayor del sueldo queda incorporada al cálculo de adicionales y futuras subas. Desde el punto de vista político, en cambio, deja en evidencia que el esquema de compensaciones extraordinarias ya no alcanza para sostener el poder adquisitivo del sector. Convertir una porción de la suma en salario es reconocer que la frontera entre alivio transitorio y remuneración estable se volvió demasiado delgada. Para las trabajadoras, eso puede traducirse en un ingreso algo más previsible; para los empleadores, en una obligación de costo más alta y permanente.

El impacto social de esta revisión va más allá de la paritaria en sí. El trabajo doméstico sostiene la organización cotidiana de miles de hogares urbanos y, al mismo tiempo, permite que otras personas se integren al empleo formal fuera de la casa. Cuando sus salarios se rezagan, el efecto no se limita a la pérdida de ingresos de una categoría ocupacional: se encarece la continuidad del servicio, crece la rotación y se profundiza la precariedad. En un país donde el cuidado de niños, adultos mayores y personas con dependencia recae en gran medida sobre este sector, una actualización insuficiente puede derivar en menos horas contratadas, más informalidad o sustitución por arreglos precarios sin aportes. El daño, entonces, no es solo individual; también reordena de forma regresiva el reparto del trabajo de cuidados.

Hay además una dimensión territorial que suele quedar fuera del debate. La adicional por zona desfavorable, fijada en 31%, reconoce diferencias de costo de vida y aislamiento geográfico. No es un detalle menor: en regiones donde la provisión de servicios es más cara y el mercado laboral es más estrecho, el salario mínimo del sector cumple una función de contención básica. Si la próxima revisión no logra mantener cierta distancia respecto del aumento de precios, esa compensación corre el riesgo de volverse insuficiente incluso antes de ser efectivamente percibida. Lo mismo ocurre con la antigüedad, que al reconocer 1% por año trabajado intenta premiar estabilidad en un mercado históricamente inestable. Pero si el salario básico se erosiona, también se diluye el sentido de ese adicional.

La reunión del viernes puede dejar una señal más amplia sobre la política laboral del Gobierno. En sectores con representación dispersa, la actualización de mínimos funciona como termómetro de prioridad pública. Si la comisión logra un acuerdo rápido y con recomposición real, reforzará la idea de que el Ejecutivo busca evitar que el salario de las trabajadoras domésticas quede rezagado de manera persistente. Si, por el contrario, el resultado es una suba modesta, el mensaje será otro: que el esquema seguirá priorizando contención nominal antes que recuperación efectiva. En un mercado de trabajo donde la informalidad convive con relaciones de confianza personal, ese mensaje pesa más de lo que parece. Afecta la voluntad de registrar, de sostener el empleo y de convertir una ocupación históricamente subvalorada en un trabajo con reglas más estables.

En el mediano plazo, lo que se discuta en esa mesa también influirá en la calidad del empleo de cuidado en Argentina. Un salario mínimo que se actualiza con atraso empuja a más trabajadoras fuera del sistema formal o a una combinación inestable de empleos múltiples, con menos protección social y más rotación. Una corrección más sólida, en cambio, puede mejorar la registración y dar algo de previsibilidad a un segmento que cumple una función esencial en la economía cotidiana. La verdadera disputa, entonces, no pasa solo por cuánto se paga por hora o por mes, sino por si el país sigue administrando este trabajo como un gasto doméstico disperso o empieza a reconocerlo como una pieza central de su infraestructura social.

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