La industria textil argentina atraviesa una contracción pronunciada que no se explica únicamente por factores coyunturales. Desde diciembre de 2023, la combinación de apertura comercial acelerada y caída del consumo interno ha generado un escenario donde la producción textil acumula una baja del 25,5 % en los primeros cuatro meses de 2026, muy por encima del retroceso promedio de la industria manufacturera. Este desempeño refleja tensiones estructurales que se venían incubando antes de la actual administración y que ahora se manifiestan con mayor intensidad.
Antecedentes de la apertura importadora
El modelo de apertura que caracteriza la gestión de Javier Milei retoma elementos de políticas aplicadas en los años noventa, aunque con mayor velocidad. La eliminación progresiva de licencias no automáticas y la reducción de aranceles para bienes terminados han permitido un ingreso más fluido de productos extranjeros. En paralelo, la contracción del poder adquisitivo —derivada de la desaceleración de salarios reales— redujo la demanda interna de prendas y tejidos. Ambos factores se refuerzan mutuamente: menor consumo interno hace que las importaciones resulten más competitivas en precio, mientras que el aumento de la oferta externa presiona a la baja los márgenes de los productores locales.
Datos históricos muestran que cada vez que Argentina implementó esquemas de apertura sin acompañamiento de reconversión productiva, el sector textil fue uno de los más afectados. Entre 1991 y 2001, por ejemplo, la participación de las importaciones en el consumo aparente de textiles pasó del 12 % al 38 %. El ciclo actual reproduce esa dinámica con mayor rapidez debido a la menor protección arancelaria vigente.

Utilización de capacidad y ciclo de inversión
El nivel de utilización de capacidad instalada del 42,4 % registrado en abril de 2026 no solo indica subutilización de plantas, sino que altera la ecuación de costos fijos. Cuando una fábrica opera por debajo del 50 % de su potencial, el costo unitario por prenda aumenta porque los gastos de depreciación, energía y mantenimiento se distribuyen entre menos unidades producidas. Esta situación desalienta nuevas inversiones: las importaciones de maquinaria textil cayeron 24 % interanual hasta mayo, lo que confirma que las empresas postergan la renovación tecnológica necesaria para competir con productos importados de mayor calidad o menor precio.
El efecto se propaga a proveedores de insumos. La caída del 37,8 % en tejidos y acabado de productos textiles reduce la demanda de hilados de algodón, que a su vez registró una baja del 35,4 %. Se genera así una cadena de retroalimentación negativa que afecta a toda la cadena de valor, desde el cultivo de algodón en el norte argentino hasta los talleres de confección en el Gran Buenos Aires.
Consecuencias en el mercado laboral
La pérdida de 24 000 puestos formales desde diciembre de 2023 en el agregado textil-confección-cuero-calzado representa un ajuste significativo en una industria que históricamente absorbió mano de obra intensiva. Cada puesto perdido en hilanderías o tejedurías suele multiplicarse en el resto de la cadena: un operario de telar genera demanda de servicios de mantenimiento, transporte y empaque. La reducción de 14 000 empleos solo entre marzo de 2025 y marzo de 2026 sugiere que el ajuste aún no ha tocado piso.
En términos regionales, provincias como Santiago del Estero, Tucumán y La Rioja, donde la industria textil representa una proporción relevante del empleo formal, enfrentan mayor presión sobre los sistemas de asistencia social. El aumento del desempleo en estos distritos puede traducirse en mayor migración hacia centros urbanos ya saturados, elevando costos de vivienda y servicios públicos en el corto plazo.
Dinámica del comercio exterior y posibles reacomodos
Paradójicamente, las exportaciones textiles crecieron 48 % en valor durante los primeros cinco meses de 2026, impulsadas sobre todo por hilados. Este dato indica que algunos segmentos logran colocar excedentes en mercados externos cuando el tipo de cambio resulta favorable. Sin embargo, el crecimiento exportador no compensa la destrucción de capacidad instalada ni la pérdida de empleo, porque los hilados exportados suelen tener menor valor agregado que las prendas terminadas que se importan. El saldo comercial de la cadena sigue siendo deficitario y la brecha se amplía en productos de mayor elaboración.
Efectos de largo plazo sobre la competitividad
La persistencia de una utilización de capacidad por debajo del 45 % durante más de doce meses consecutivos erosiona el capital humano especializado. Operarios calificados que pierden su empleo tardan años en reinsertarse en tareas de similar complejidad técnica, y muchas veces migran a sectores menos calificados. Esta pérdida de conocimiento tácito dificulta cualquier intento futuro de reconversión productiva cuando las condiciones macroeconómicas cambien.
Al mismo tiempo, la menor inversión en maquinaria reduce la posibilidad de adoptar tecnologías de automatización que permitirían competir en calidad y costos con proveedores asiáticos. El sector queda atrapado en un equilibrio de baja productividad que, si se prolonga, puede convertir a Argentina en importador neto de productos textiles de mediana y alta gama, limitando su margen de maniobra ante futuras fluctuaciones del tipo de cambio.
La experiencia de otros países que atravesaron procesos similares de apertura muestra que los sectores que lograron adaptarse combinaron protección transitoria con programas de reconversión tecnológica y capacitación. La ausencia de tales instrumentos en el caso argentino actual sugiere que la recuperación del empleo y la inversión en textiles dependerá de cambios más profundos en la estructura de incentivos productivos, más allá de la evolución inmediata del consumo interno.
