Uruguay exporta más carne y celulosa

Julio dejó una señal que el comercio exterior uruguayo necesitaba: después de tres meses en retroceso, las exportaciones de bienes volvieron a crecer y cerraron en 1.219 millones de dólares, 4% por encima del mismo mes de 2025. El dato no vale solo por el rebote puntual. Importa porque confirma que la canasta exportadora sigue apoyándose en dos motores de alta tracción, carne bovina y celulosa, y porque muestra que el segundo semestre empieza con una base algo más firme que la observada en el trimestre previo. En el acumulado de enero a julio, las ventas externas llegaron a 7.819 millones de dólares, con un avance interanual de 2%, suficiente para sostener la expansión, pero todavía lejos de una aceleración convincente.

El cambio de tono se explica menos por una mejora generalizada y más por la concentración del desempeño en pocos rubros. La carne bovina encabezó el mes con 280 millones de dólares, 23% del total exportado y una suba interanual de 25%; además, el volumen creció 8%, hasta 34.256 toneladas. La celulosa aportó 143 millones, con un incremento de 12%, y los lácteos sumaron 95 millones, con una mejora de 31%. Ese trio sostuvo el resultado mensual mientras la soja cayó 57% interanual, hasta 86 millones, castigada por menores colocaciones en China. El mensaje es claro: Uruguay exporta mejor cuando logra combinar precios, volumen y demanda externa en segmentos donde tiene escala y reputación sanitaria; cuando depende de commodities agrícolas expuestos a un solo destino, la volatilidad vuelve a aparecer con rapidez.

Hay un punto más profundo en esos números: la estructura exportadora uruguaya está mostrando una división cada vez más nítida entre bienes con demanda estable y bienes sometidos a ciclos más abruptos. La carne bovina y la celulosa funcionan como anclas porque responden a cadenas industriales donde Uruguay no compite solo por precio, sino por trazabilidad, calidad y cumplimiento. Eso le da poder de negociación frente a compradores exigentes. En cambio, la soja expone una fragilidad conocida: su dependencia del mercado chino vuelve cualquier variación logística, política o de inventarios en ese país en una caída abrupta del ingreso. La diferencia no es menor; define cuánta previsibilidad puede construir el país para su balanza comercial y para la entrada de divisas.

La geografía de la demanda también ayuda a leer el momento. China siguió siendo el principal comprador, con 235 millones de dólares, pero cayó 35% interanual. Brasil quedó segundo con 190 millones y un crecimiento de 13%, mientras la Unión Europea trepó al tercer lugar con 174 millones y un salto de 42%. Estados Unidos sumó 134 millones y Turquía completó el grupo de mayores destinos. El dato relevante no es solo quién compra más, sino cómo se reparte el riesgo. La baja de China en el mes no derrumbó el total gracias a la mejora simultánea de Brasil y Europa. Ese reequilibrio es valioso porque reduce la dependencia de un único destino, aunque no elimina la concentración en pocos productos. Diversificar mercados sin diversificar la matriz productiva alivia, pero no resuelve del todo.

El acuerdo Mercosur-Unión Europea empieza a mostrar una utilidad más concreta que simbólica. Entre su entrada provisional en vigor, el 1 de mayo, y el 26 de julio, Uruguay registró envíos bajo preferencias arancelarias por 13,8 millones de dólares y 6.413 toneladas, con un ahorro arancelario de 2,1 millones. La carne bovina explicó 77% de ese beneficio, al pasar de un arancel equivalente de 36,8% a 7,5% dentro del contingente negociado. No es un dato menor: en un negocio de márgenes ajustados, una rebaja de esa magnitud altera la competitividad relativa frente a proveedores de otros orígenes. También explica por qué las últimas semanas concentraron gran parte del uso del esquema: las cuatro finales del período aportaron 8,5 millones, 62% del total acumulado. El acuerdo no despega de forma lineal; despega cuando los exportadores comprueban que el incentivo es real y que la burocracia no anula la ventaja arancelaria.

Esa aceleración, sin embargo, todavía convive con una asimetría importante. Países Bajos concentró la mitad del valor ingresado bajo preferencias, seguido por España y Bélgica. La miel y el pescado aportaron otro 18% del ahorro total, favorecidos por la eliminación de aranceles, mientras los cítricos explicaron 39% del volumen ingresado pero apenas 1,2% del ahorro. La lectura es evidente: no todos los productos capturan el mismo valor de la apertura. Para algunos rubros, el acuerdo es una palanca inmediata; para otros, el beneficio es más modesto porque la rebaja arancelaria es limitada o porque el costo sanitario, logístico y comercial sigue pesando demasiado. Ahí aparece una tensión de fondo entre la narrativa diplomática del acuerdo y la capacidad real de cada cadena para aprovecharlo.

Desde la perspectiva de los exportadores, el desafío no es celebrar la firma sino convertir la preferencia en operaciones sostenidas. Uruguay XXI lanzó un portal digital para identificar posiciones arancelarias, cronogramas de desgravación y requisitos sanitarios, una herramienta útil en términos prácticos, pero insuficiente si no se acompaña de volumen, continuidad y financiamiento para adaptarse a las exigencias europeas. Para la industria frigorífica, el avance en Europa es una oportunidad directa de rentabilidad y de captura de mercados premium. Para los lácteos, abre una ventana, aunque más limitada por estándares y costos de acceso. Para los productores de soja o cítricos, el efecto es mucho menos visible. Esa disparidad alimenta una discusión que suele quedar debajo del radar: la política comercial puede abrir puertas, pero no distribuye sus beneficios de manera pareja entre sectores.

La primera conclusión que deja julio es que Uruguay está exportando con mayor previsibilidad solo en la medida en que sus cadenas más competitivas sostienen la demanda. La segunda es que la Unión Europea pasó de ser un destino deseable a un mercado que empieza a dar resultados medibles, sobre todo en carne. La tercera, quizá la más importante, es que la recuperación mensual no debe confundirse con un cambio de ciclo consolidado. El rebote de julio convivió con la caída de la soja y con una dependencia persistente de pocos complejos exportadores. Si la demanda china vuelve a enfriarse o si la economía europea pierde dinamismo, el país seguirá expuesto a una corrección rápida.

Lo que viene dependerá de dos fuerzas que ya están actuando en paralelo. Por un lado, la continuidad del uso del acuerdo con Europa y la capacidad de los exportadores para convertir preferencias arancelarias en contratos recurrentes. Por otro, la evolución de los precios y volúmenes de la carne, la celulosa y los lácteos, que hoy sostienen gran parte del ingreso externo. Si esas tres cadenas mantienen el ritmo y si la región acompaña, Uruguay podría cerrar el año con una expansión moderada pero firme. Si una de ellas se desacopla, el rebote de julio quedará como una pausa breve dentro de una tendencia más inestable. El verdadero indicador a mirar en los próximos meses no será solo cuánto exporta Uruguay, sino cuánto de ese crecimiento proviene de ventajas duraderas y cuánto de una coyuntura favorable todavía frágil.

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